CAMBIAR LOS TIEMPOS VERBALES DE UN TEXTO ESCRITO EN PRESENTE DE NARRACIÓN
En el siguiente enlace tenemos un ejercicio consistente en cambiar las formas del presente de narración para construir un relato en pasado.
Se trata de un fragmento de la novela "Anatomía de un instante", de Javier Cercas.
El siguiente texto está escrito en presente de narración,
también llamado presente histórico, un recurso de estilo consistente en
escribir en presente para referirse a hechos pasados.
El presente de narración se usa en la lengua hablada, en
el lenguaje literario y también en textos periodísticos.
Las formas del pretérito imperfecto son también el marco
general en el que se producen los hechos.
La narración es relatar hechos o eventos en el tiempo.
Vemos que unos pasajes de este fragmento son más
dinámicos (los que en pasado se referirían mediante el indefinido) y otros más
estáticos (los que en pasado utilizarían el imperfecto).
Las formas escritas en pretérito perfecto (subrayadas)
también deben ser transformadas si el relato está en pasado y no en presente de
narración. Y hay que transformarlas en pretérito pluscuamperfecto (porque es
una acción pasada anterior a otra pasada).
Las formas en presente de subjuntivo (en amarillo)
también deben ser transformadas si el relato está en pasado y no en presente de
narración.
Las formas en futuro imperfecto de indicativo (en azul
claro) también deben ser transformadas si el relato está en pasado y no en
presente de narración. Hay dos posibilidades: o pretérito indefinido o
condicional simple. Este último es más literario.
El presente habitual puede seguir siendo un presente
habitual en un relato en pasado.
El presente con valor de futuro se convierte en futuro
imperfecto o condicional simple.
El pretérito pluscuamperfecto de indicativo no cambia en
un relato en pasado.
Una oración condicional con una comparación irreal (azul
oscuro) no cambia en el relato en pasado.
Los adverbios de tiempo referidos al presente (en rojo)
también se transforman si cambiamos el relato al pasado.
Escriba las palabras que
están en negrilla en la forma adecuada del pasado teniendo en cuenta si se
refieren o no a acciones puntuales (que deberían transformarse en formas del
pretérito in indefinido) y si permiten o no avanzar en el argumento del relato.
En caso de que el relato no avance, es que en esos pasajes predomina la
descripción sobre la narración. Y en pasado estarían escritos en pretérito
imperfecto.
Fragmento de “Anatomía de un instante”, de
Javier Cercas.
Dieciocho horas y veintitrés minutos del 23 de
febrero de 1981. En el hemiciclo del Congreso de los Diputados se celebra
la votación de la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, que está a punto
de ser elegido presidente del gobierno en sustitución de Adolfo Suárez,
dimitido recientemente y todavía presidente en funciones tras cinco años de
mandato durante los cuales el país ha terminado con una dictadura y
ha construido una democracia. Sentados en sus escaños mientras aguardan
su turno de votar, los diputados conversan, dormitan o fantasean
en el sopor de la tarde. La única voz que resuena con claridad en el
salón es la del secretario del Congreso, quien lee desde la
tribuna la lista de los parlamentarios para que apoyen o rechacen la candidatura de Calvo-Sotelo. Es
ya la segunda votación y carece de suspense, pues le basta el
apoyo de una mayoría simple, así que -dado que tiene asegurada esa
mayoría- a menos que surja
un imprevisto, el candidato será
en unos minutos elegido presidente del gobierno.
Pero
el imprevisto surge. El secretario procede a la votación y en
esos momentos se oye un rumor anómalo, tal vez un grito procedente de la
puerta derecha del hemiciclo y el diputado nombrado no vota o su voto resulta
inaudible o se pierde entre el revuelo perplejo de los diputados,
algunos de los cuales se miran entre sí dudando si dar crédito o no a
sus oídos, mientras otros se incorporan en sus escaños para tratar de
averiguar qué ocurre, quizá menos inquietos que curiosos. Nítida y desconcertada,
la voz del secretario inquiere ¿qué pasa? , balbucea algo, vuelve
a preguntar ¿qué pasa? y al mismo tiempo entra por la puerta derecha un
ujier de uniforme, cruza con pasos urgentes el semicírculo central del
hemiciclo, donde se sientan los taquígrafos y empieza a subir las
escaleras de acceso a los escaños; a la mitad se detiene, cambia unas
palabras con un diputado y se da la vuelta; luego sube tres
peldaños más y se da otra vez la vuelta. Es entonces cuando se oye
un segundo grito, borroso, procedente de la entrada izquierda del hemiciclo y
luego también, ininteligible un tercero, y muchos diputados -y todos los
taquígrafos, y también el ujier- se vuelven a mirar hacia la entrada
izquierda.
El
plano cambia; una segunda cámara enfoca el ala izquierda del
edificio; pistola en mano, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio
Tejero sube con parsimonia las escaleras de presidencia del Congreso y
se queda de pie junto al presidente, que lo mira con incredulidad.
El teniente coronel grita: “¡Quieto todo el mundo””, y a continuación transcurren
unos segundos hechizados durante los cuales nada ocurre y nadie se mueve
y nada parece que vaya
a ocurrir ni ocurrirle a nadie, salvo el silencio. El plano cambia, pero
no el silencio; el teniente coronel se ha esfumado porque la primera
cámara enfoca el ala derecha del hemiciclo, donde todos los
parlamentarios que se habían
levantadohan vuelto a tomar asiento, y el único que permanece de
pie es el general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del gobierno en funciones;
junto a él, Adolfo Suárez sigue sentado en su escaño, el torso inclinado
hacia adelante, una mano aferrada al apoyabrazos de su escaño, como si él también estuviera a
punto de levantarse. Cuatro gritos próximos, distintos e inapelables, deshacen
entonces el hechizo; alguien grita: “¡Silencio!”; alguien grita “¡Quieto todo
el mundo!”; alguien grita: “¡Al suelo todo el mundo!”. El hemiciclo se apresta
a obedecer, el ujier y los taquígrafos se arrodillan junto a su mesa; algunos
diputados parecen encogerse en sus escaños. El general, sin embargo, sale
en busca del teniente coronel rebelde, mientras el presidente Suárez intenta
retenerle sin conseguirlo, sujetándolo por la americana. Ahora el teniente coronel
Tejero vuelve a aparecer en el plano, bajando la escalera de la tribuna
de oradores, pero a mitad de camino se detiene, confundido o intimidado
por la presencia del general que camina hacia él exigiéndole con gestos
terminantes que salga de inmediato del hemiciclo, mientras tres guardias
civiles irrumpen por la entrada derecha y se abalanzan sobre el
viejo y escuálido general, lo empujan, lo agarran de la
americana, lo zarandean, a punto están de tirarlo al suelo.
Javier Cercas
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